fbpx
SEGUINOS EN LAS REDES
SEGUINOS EN LAS REDES

El año teatral: «Sobre las 195 obras que vi en 2017» – por Marcelo Allasino

Dar cuenta de lo hecho se filtra en muchas instancias de mi cotidianeidad, que exceden lo laboral. Es una influencia que viene de mi experiencia de muchos años como servidor público: registrar, medir, analizar, comparar, informar, dar cuenta de, forman parte de lo que me toca hacer desde que dirijo proyectos que involucran intereses y recursos de otros, ya sea en organizaciones del tercer sector o en la administración pública.

En enero de 2017 decidí que haría un registro de todos los espectáculos teatrales que vería en el año. Tenía la certeza de que me sería útil, aunque no tenía muy en claro para qué. Lo sentí como una especie de deber: si me dedico a las artes escénicas debiera ser materia obligada poder llevar una bitácora espectacular, un ayudamemoria escénico de todo eso que veo, que no es poco. Además porque el teatro es lo que más me interesa y a lo que me dedico.

Ahora, en los últimos días de diciembre – y con una gran satisfacción personal por haberlo logrado – puedo dar cuenta concreta de lo visto en el año 2017. Puedo ejercitar mi memoria (cerca de los cincuenta se impone entrenarla), puedo recordar con más intensidad lo que viví, pensé y sentí frente a cada espectáculo visto. Puedo repasar, repensar, revivir de algún modo, reflexionar, comparar, sacar algunas conclusiones.

En estos días leí muchos balances, análisis y reseñas teatrales, en los medios tradicionales y en los digitales. Casi todos dispares, caprichosos, parciales, incompletos. Muchos mezquinos e interesados. Como muchos premios, como muchas críticas, como muchos resultados de jurados y comités. Así que, teniendo en cuenta que mi resumen también podrá resultar dispar, caprichoso, parcial, incompleto y confesando que me esfuerzo mucho para que no sea mezquino ni interesado – otra influencia de la nobleza con la que intento ejercer el servicio público – lo comparto.

De enero a diciembre de 2017 vi 195 espectáculos, que incluyen obras del circuito comercial, público, pseudo independiente, independiente, del off, del off-off, comunitario, de capitales y de pequeñas ciudades, de gran formato y del pequeñísimo. Los vi en ciudades de Argentina, de Lationamérica y de Europa. En salas, en circuitos, encuentros, muestras, mercados y festivales.

Intenté ser amplio y no cerrarme a nada. Fui a ver de todo y traté de impedir que los prejuicios me piqueteen la cabeza, así estuviera por ver Taboo de Flavio Mendoza o La terquedad de Rafael Spregelburd. Vi desde teatro lambe lambe hasta Séptimo día del Cirque du Soleil. Vi desde el Teatro por la Paz de Tumaco (teatro comunitario colombiano a cargo de un grupo de mujeres y jóvenes que han protagonizado la brutalidad de la violencia durante años) hasta Sugar. De Muscari a Pompeyo Audivert, de Silvio Lang a Elena Roger. Del Festival de Humboldt (en la provincia de Santa Fe) hasta el de Edimburgo. Del flamante teatro La Juntadera en Esquel, hasta calle Corrientes.

Participé de numerosos encuentros, ferias y festivales, que ocurrieron en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Escocia, España, México y Uruguay, y en cada uno vi varios espectáculos, de diferentes procedencias. En algunos vi muchos, como en d’Feria (San Sebastián, España), en Santiago a Mil (Santiago de Chile), en el FIBA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires), o en el FIA (San José de Costa Rica), donde vi diez o más espectáculos en cada uno. Los festivales donde más trabajos vi fueron el Festival de Teatro de Rafaela y la Fiesta Nacional del Teatro (por supuesto!), donde vi más de 15 obras en cada uno.
Los cuatro mejores festivales en los que estuve este año fueron Edimburgo, FIBA, Rafaela y la Fiesta Nacional. Aunque debo mencionar que en los dos últimos vi una gran cantidad de trabajos, y como conozco a casi todos los artistas que participaron, elegí mejor qué ver. En los demás festivales la variable del azar hizo que tome mayor contacto con la real calidad del evento.

Me llama la atención la cantidad de teatro muy malo que vi. Diría que es un 25% de lo que vi (unos 50 espectáculos). Teatro muy malo que se produce en todos lados: en Francia, en El Líbano, en México, en Colombia, Chile, Uruguay, y en Argentina, por supuesto. En general en estas experiencias de teatro muy malo, encontré actores muy solventes, talentosos. El desastre escénico del que fui víctima en esas oportunidades estuvo en manos de sus creadores y/o directores, no de sus intérpretes. Autores y directores con escasa formación o con escasas posibilidades de confrontar sus materiales con interlocutores que cuestionen, que discutan, que interpelen. Algunos creadores caprichosos, otros vanidosos en extremo, otros inflados por ponderaciones de funcionarios, curadores y críticos. Este grupo de producciones muy malas en su gran mayoría corresponde al sector independiente. Claro que también vi cosas muy malas en los escenarios públicos y comerciales, pero allí pareciera que hay una vara que garantiza cierta corrección. Como debe ser, claro. Por un lado porque se trata del dinero de todos, y por otro porque hay que garantizar un cierto recupero. Además el carácter experimental y el valor de la investigación siempre marcaron la evolución del teatro independiente, del teatro de arte. El riesgo debe estar presente y por supuesto, nunca garantiza buenos resultados. Pero me pregunto qué pasa con ese sector de público que tiene la mala suerte de cruzarse con estas producciones, que despiertan la confusión, la indiferencia o el enojo de públicos no ávidos, quizás primerizos. Esos no vuelven más.

Un 50% de lo que vi es buen teatro. Pero no de ese tipo de manifestaciones que te vuela la cabeza o te despeina, no. Bueno, correcto. Con el que pasás el rato, o discutís unos minutos en la cena posterior a la función. Que no cambia nada de tu vida, ni de tu semana ni de tu día, pero que cumple con entretener. En este segmento entran muchas producciones comerciales (también, salvo raras excepciones) que vi este año. Y vi varias eh. El teatro comercial navega casi siempre en las aguas del ni. Producciones que están bien, que tienen una producción profesional, en general buenos actores, pero con las que no te pasa nada de nada.

Y finalmente, el 25% de lo que vi es teatro muy bueno. Lo que indica que uno debe mirar mucho para encontar algo movilizador, conmocionante, refrescante. O sea, una de cada cuatro. Estas producciones muy buenas, también proceden de diversas latitudes: muchas de Argentina (creaciones de Nacho Bartolone, Diego Starosta, Rodrigo Cuesta, La Joven Guarrior, Mariano Tenconi Blanco, Javier Daulte, Ciro Zorzoli, Jorge Eiro, Margarita Molfino y Willy Prociuk, Guillermo Cacace, Daniela Horovitz, Alberto Moreno, Pablo Longo, Tato Villanueva, Daniel Veronese, Marcial Di Fonzo Bo), trabajos de Colombia (La Maldita Vanidad, Teatro Petra, Andrés del Bosque), de México (David Gaitán, César Enriquez), de Uruguay (Sebastián Calderón), de Chile (Las horas negras), de España (Igor Calonge, The Primitals) y de Brasil (Luna lunera).
Y entre ese 25% de teatro muy bueno, la excelencia. De los 195 que vi, hubo una docena de espectáculos que me tocaron en profundidad, que me incitaron, me sacudieron, me provocaron, me prendieron fuego o me emocionaron hasta las lágrimas. Trabajos que se destacan por la rigurosidad, el trabajo delicado y exhaustivo, arriesgado. Y que también son tocados por esa varita especial que hace que todo – mágicamente o gracias a un trabajo muy tozudo – confluya y se constituya una gran obra. Entre estos trabajos hay obras pequeñísimas y otras espectaculares, unipersonales o puestas con 16 actores en escena. Con mucha y con poca inversión en la producción.
Son estos:
Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar, por Vaca 35, dirigida por Damián Cervantes, de México. La vi en el Festival de Rafaela.
Quiero decir te amo, de Mariano Tenconi Blanco, por Humo Negro, dirigida por Juan Parodi, de Argentina (Neuquén). La vi en la Fiesta Nacional del Teatro.
Tijuana, por Lagartijas tiradas al sol, de y por Gabino Rodríguez, de México. La vi en Enartes, en México.
Estado vegetal (work in progress) de Manuela Infante, de Chile. La vi en Santiago a Mil, en Chile.
Cómo vuelvo, de Flor de un día, con María Merlino, dirigida por Diego Lerman, de Argentina (CABA). La vi en Santos 4040, en Buenos Aires.
Mateluna, de Guillermo Calderón, de Chile. También la vi en Santiago a Mil.
Five Easy Pieces, de Milo Rau, de Bélgica. La vi en el FIBA.
Meow Meow’s Little Mermaid, con Meow Meow, dirigida por Michael Kantor, de Australia. La vi en el Festival de Edimburgo.
La noche obstinada, de Pablo Rotemberg, de Chile. La vi en Matucana 100, producción del GAM, en Santiago de Chile.
Tu veneno en mi, de Manuel García Migani, de Argentina (Mendoza). También la vi en la Fiesta Nacional.
La savia, de Ignacio Sánchez Mestre, de Argentina. La vi en el Teatro Cervantes, Teatro Nacional Argentino.
Mamá Punk, de Karina K, de Argentina. La vi en el Teatro Maipo.

Así que a estos creadores (y a quienes los programaron o premiaron o eligieron), quiero decirles gracias, gracias, gracias. Gracias Damián Cervantes, Gabino Rodríguez, Mariano Tenconi Blanco, Juan Parodi, María Merlino, Diego Lerman, Manuel García Migani, Ignacio Sánchez Mestre, Pablo Rotemberg, Karina K, Manuela Infante, Guillermo Calderón, Meow Meow y Milo Rau, por concebir y hacer realidad ese teatro que golpea, emociona, excita e incita. Que abre cabezas y da esperanzas. Que me confirman en lo personal que todos los esfuerzos tienen mucho sentido.

 

Por Marcelo Allasino, Director del INT.

Posts Relacionados