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El caso del galán de telenovelas envuelto en un suicidio y en una masacre atróz

Su primera mujer, la actriz Graciela Cimer, se quitó la vida y su padre acusó al actor de maltratrarla. Su segunda pareja fue la única sobreviviente de una familia masacrada y se especuló como móvil la herencia. Ahora, detuvieron a su hijo en una causa por violencia de género.

 

Después de permanecer varios años alejado de lo mediático, el nombre de Marco Estell volvió a ser noticia en las últimas horas a raíz de la detención de su hijo en Mar del Plata, después de que una expareja lo denunció por “amenazas coactivas, robo e incendio”.

Se trata de un nuevo capítulo en la historia del galán que brilló en la pantalla chica entre los años 1978 y 1999, pero que siempre también fue de la mano de los escándalos y se vio sistemáticamente opacada por la tragedia.

Marco Estell nació el 6 de diciembre de 1957, se convirtió en una estrella televisiva en la década del ‘80 y ‘90 y actualmente, con 65 años, es un hombre del que ya no se sabe prácticamente nada.

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El primer gran amor, el primer escándalo

El galán se enamoró de Graciela Cimer cuando ambos grababan la novela No es un juego vivir en 1985. Ella, rubia y de grandes ojos claros, había saltado a la fama siendo apenas una nena cuando interpretó el personaje de Etelvina, la alumna rica y malvada en Jacinta Pichimahuida.

El primer golpe que sorteó la popular pareja fue una presunta infidelidad, cuando se vinculó a Estell con la actriz Mariquita Gallegos. Pese a esto, pudieron seguir adelante, pero no pasó demasiado tiempo antes de que un nuevo rumor volviera a ponerlos en jaque. El nombre del “rumor” en ese momento era Nancy Herrera, la última pareja del comediante Alberto Olmedo. Todas suposiciones. Ningún protagonista habló, jamás.

Pero el tiro de gracia para aquel romance llegó después de cuatro años con la falta de trabajo. Embarazada de tres meses, Cimer cayó en una depresión de la que no consiguió salir. Intentó por primera vez quitarse la vida tomando barbitúricos. El 2 de julio de 1989 se tiró al vacío desde el primer piso de la casa en la que vivía con Estell en Avellaneda, y se mató.

Después de la muerte de la actriz de 26 años, el padre apuntó contra su exyerno y denunció a Estell por maltratarla y golpearla. El caso se judicializó y para 1993 la situación del actor era aún peor: el juzgado de Lomas de Zamora señaló al médico Arraya Hernández como el responsable de recetarle “drogas depresivas” a la actriz y a Marco de haberla suministrado.

La masacre de Villegas: seis víctimas y 22 balazos

La trama intrincada volvió a alcanzar a Estell en los primeros días de mayo de 1992 cuando se cometió la masacre de La Payanca, en General Villegas. Tres integrantes de una familia y tres peones fueron asesinados brutalmente y el actor quedó involucrado porque en esa época estaba en pareja con la única sobreviviente del séxtuple homicidio.

Las luces de la casa llevaban prendidas varios días, pero no se advertía el movimiento habitual de la gente del lugar. En cambio, el ganado suelto y un tractor atravesado en el medio de una de las parcelas llamaron la atención de los vecinos y alguien avisó a la policía.

El olor nauseabundo que golpeó a los efectivos apenas pusieron un pie en la estancia fue la antesala del escenario macabro que descubrirían después. El cuerpo de María Esther Acheriteguy, la dueña de la propiedad, fue el primero con el que se toparon. La mujer, que tenía 46 años, tenía un balazo en las costillas y otro en la cabeza. Los golpes que se advertían a simple vista y la sangre en la pared daban una muestra clara de la brutalidad del ataque que sufrió antes de ser asesinada.

Su hijo, José Luis Gianolio, de 22 años, tenía el cráneo destrozado con un hierro y dos tiros, uno de ellos en la nuca. En un galpón encontraron a la tercera víctima, Francisco Luna, un un hombre en situación de calle que cada tanto hacía changas en el parque de la estancia a cambio de un lugar donde dormir. También lo habían matado a golpes y balazos. Cerca suyo, estaban los cuerpos de dos gatos asesinados, puestos juntos con las colas en cruz formando una X.

Ya era el 10 de mayo de 1992 cuando encontraron a las otras tres víctimas de la masacre. Alfredo Raúl Forte, el esposo de María Esther, había sido asesinado a golpes y balazos cerca de la tranquera. Junto a él estaban los cuerpos de dos peones. Eduardo Gallo tenía impactos de bala en el brazo y en un ojo. El otro, Hugo Reid, trató de huir cuando se desató la matanza, pero antes de que lo consiguiera lo fusilaron de dos tiros en la cabeza. El hombre, que era carpintero, llevaba una bolsa con tres casetes de música, ropa y un facón que había pedido prestado y debía devolver.

Un callejón sin salida

“Es un caso muy confuso. Todas las líneas de investigación se fueron pinchando. Lo único que sabemos es que hay seis víctimas y que murieron de 22 balazos… La verdad es que eso no aporta mucho…”. Así, desorientado, se expresaba el juez que tuvo a cargo la causa, Guillermo Martín, tres semanas después del hecho.

Las hipótesis fueron muchas. Se habló de un presunto robo de unos 50.000 pesos que la dueña del campo había sacado recientemente de un banco, de una venganza contra su pareja y hasta de una pista de aterrizaje que era usada por narcotraficantes. Pero ninguna pista cerró e incluso después se supo que ni siquiera era cierto el crédito que presuntamente había cobrado María Esther y abonaba la teoría del móvil económico.

También se descartó después la posibilidad de un robo ya que, aunque todo estaba revuelto, las cortinas arrancadas y habían tajeado los colchones, la propietaria conservaba los aros y los anillos de oro. Fue entonces que algunos comenzaron a posar sus miradas con cierto recelo en la hija viva y su pareja y asomó el tema de la herencia.

La única sobreviviente y el “viudo alegre” que se quedó sin cámaras

Las primeras sospechas recayeron sobre Marco Estell y su pareja porque serían los nuevos herederos de los bienes de la familia y, además, él ya tenía una imagen pública negativa tras la muerte de Graciela Cimer.

Con el avance de la investigación, terminaron descartándolo como autor de la masacre porque no encontraron “los medios y la ocasión para haber cometido un crimen de ese calibre”.

Lo cierto es que para entonces lo poco que quedaba del brillo que años anteriores había iluminado a Estell terminó de esfumarse tras la pelea que el actor mantuvo con Alejandro Romay “el zar de la televisión”, uno de los empresarios más importantes de los medios de comunicación y artístico, y con Luis Gayo Paz, escritor y padrino artístico del actor.

Tres décadas sin respuestas

“La Masacre de La Payanca” se convirtió en ese mal recuerdo que todavía hoy los habitantes de General Villegas intentan sacudirse sin éxito. Es que al caso nunca se le pudo dar un cierre y después de 30 años, sigue siendo una herida abierta.

No surgieron nuevas pistas, no apareció un arrepentido, no hubo juicio ni condena. Una brutal matanza que no tuvo final como las novelas.

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